sábado, 2 de agosto de 2014

Él era…

Él era ese suspiro de las mañanas, dado sin muchos ánimos, sin deseo. Él era el café recién colado que tomaba a las 8 am, cada día, necesario para sobrevivir al trabajo duro, y el causante de mi adicción. Él era ese verso que me era enviado por mensaje cada mañana, cuando me suscribi no se como a eso. Era la sonrisa falsa y cansada de la operaria de buses, que me recargaba la tarjeta del sistema. Era la espera excesiva a la que me sometia el operador del bus, que siempre tardaba más de lo que la pantalla citaba. Era el aire acondicionado que no funcionaba en el articulado. Él era el memorando ocasional que me ponian al llegar tarde. Él era esas 8 horas de trabajo diario, los pacientes mal educados y la deficiencia del sistema de salud. Él era mi vuelta a casa, de pie, cansada. Él era todas mis inconformidades, mis problemas, mis malos ratos, mi rutina. Y era también mi amor, mi pasión, mi diario vivir, mi profesión, mi corazón y mi profunda desesperación por hacer de esto, algo más, algo mejor.

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